Julio y agosto concentran el mayor número de alertas por violencia machista
España ya tiene dos estrellas sobre el escudo y es campeona del mundo de fútbol masculino y femenino. Ningún otro país puede decir lo mismo. Es un éxito histórico que habla del talento de nuestros deportistas, del trabajo de generaciones y de una forma de entender el fútbol que hoy es admirada en todo el planeta.
Pero mientras millones de personas celebraban el pitido final, hubo mujeres para las que ese mismo sonido no anunciaba una fiesta, sino el comienzo del miedo. Porque para algunas, el verdadero peligro empieza cuando termina el partido. Ese es el otro marcador del Mundial. El que nunca aparece en las retransmisiones.
Desde hace años, distintos estudios internacionales vienen alertando de una realidad tan incómoda como consistente. Durante los grandes torneos de fútbol aumentan las agresiones contra las mujeres dentro de los hogares. No porque el fútbol genere violencia per se, la violencia machista ya existe mucho antes de que ruede el balón.
Pero las cifras son difíciles de ignorar. En Inglaterra, investigaciones de la Universidad de Lancaster constataron que los casos de violencia doméstica aumentaban un 38% cuando la selección perdía y un 26% incluso cuando ganaba o empataba; en Brasil también se registraron incrementos superiores al 20% durante las competiciones nacionales; ONU Mujeres y UNICEF llevan años alertando de que las llamadas de emergencia por violencia familiar pueden aumentar hasta un 30% durante los grandes eventos deportivos. En varios países de América Latina se han puesto en marcha campañas específicas antes incluso de que comenzara este Mundial porque saben que, mientras miles de personas llenan los estadios, otras muchas mujeres viven esos días con angustia.
Hay una frase de la campaña impulsada por UNICEF y ONU Mujeres que resume perfectamente esta realidad: ‘el fútbol es para celebrarse en todos los hogares’. Y precisamente ahí está el problema, porque no todos los hogares celebran: algunos sobreviven.
En España todavía no disponemos de estudios que permitan establecer una relación estadística tan precisa entre los grandes torneos y el aumento de la violencia machista, pero la ausencia de datos no puede confundirse con la ausencia del problema.
Lo que sí sabemos es que la evidencia internacional es aplastante y que nuestro país comparte muchos de los factores de riesgo que esos estudios identifican. Sabemos también que las llamadas al 016 crecieron durante el confinamiento, cuando el aislamiento intensificó la convivencia con los agresores. Sabemos que las situaciones de especial vulnerabilidad aumentan cuando las víctimas quedan atrapadas con quien ejerce la violencia.
Y sabemos otra cosa: en Canarias, el verano vuelve a ser el periodo más duro del año. Julio y agosto concentran el mayor número de alertas por violencia machista, con miles de llamadas de emergencia y una mayoría de intervenciones relacionadas con agresiones ejercidas por parejas o exparejas. Mientras las islas se llenan de turistas, de fiestas populares y de celebraciones, también aumentan las situaciones de riesgo para muchas mujeres.
No son dos realidades separadas, forman parte de la misma sociedad. Por eso, sería un error reducir este debate a una campaña de concienciación o a recordar el teléfono 016 cuando llega un gran campeonato. Los grandes acontecimientos deportivos movilizan recursos extraordinarios para garantizar la seguridad en las calles, en los estadios, en los aeropuertos o en los transportes. Sin embargo, seguimos sin asumir con la misma determinación que también pueden generar contextos de mayor riesgo dentro de los hogares.
La prevención no puede empezar cuando aparece una noticia sobre una mujer asesinada, debe empezar antes del primer partido.
España tiene hoy una posición única en el mundo del fútbol. Ser el primer país que reúne al mismo tiempo los títulos mundiales masculino y femenino no solo otorga prestigio deportivo, también concede una enorme capacidad de influencia. Exportamos entrenadores, jugadores, metodología y una determinada manera de entender este deporte. Deberíamos aspirar también a exportar una cultura de prevención, de igualdad y de rechazo absoluto a cualquier forma de violencia machista vinculada a los grandes eventos deportivos. Porque el liderazgo también consiste en señalar aquello que otros prefieren no mirar.
Los gobiernos, con independencia de su color político, no pueden seguir tratando esta realidad como una coincidencia estadística o como un asunto secundario. Si conocemos los periodos de mayor riesgo, debemos reforzar los recursos de prevención, las campañas de sensibilización, la coordinación institucional y la protección de las víctimas. No esperar a que aumenten las llamadas de auxilio para reconocer que el problema existía.
Celebrar una victoria nunca puede significar que otra persona tenga que esconder sus lágrimas.
España tiene dos estrellas sobre el escudo, ahora nos queda conquistar otra mucho más importante y es que ninguna mujer tenga que temer el pitido final de un partido porque sabe que, al cerrar la puerta de su casa, comienza el encuentro que nunca quiso jugar. Eso sí nos llevaría al estrellato.
